ENTONCES SEREMOS DIOSES RODOLFO BENAVIDES PDF

Vi el torrente de fuego de donde se desprenden miradas de estrellas, formando minsculas constelaciones. Observ el suave, cadencioso movimiento de la pesada y gigantesca gra que traslada con pasmosa facilidad, continentes de hierro lquido, que luego vaca en moldes de donde saldrn los lingotes, moles de acero que algn da sern estirados para hacer lminas, alambres, estructuras e instrumentos. He visto a los hombres, pigmeos, con medio cuerpo desnudo que se hace a los colores que se desprenden del fuego. Pigmeos que en la lucha desigual y persistente, van enseando a la naturaleza, que sobre la Tierra, el amo lo es el hombre. Todas las batallas antiguas y modernas de hombres contra hombres, son nada frente a la perenne batalla del hombre del hombre contra la naturaleza.

Author:Vicage Nashicage
Country:Reunion
Language:English (Spanish)
Genre:Technology
Published (Last):5 August 2008
Pages:21
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Vi el torrente de fuego de donde se desprenden miradas de estrellas, formando minsculas constelaciones. Observ el suave, cadencioso movimiento de la pesada y gigantesca gra que traslada con pasmosa facilidad, continentes de hierro lquido, que luego vaca en moldes de donde saldrn los lingotes, moles de acero que algn da sern estirados para hacer lminas, alambres, estructuras e instrumentos.

He visto a los hombres, pigmeos, con medio cuerpo desnudo que se hace a los colores que se desprenden del fuego. Pigmeos que en la lucha desigual y persistente, van enseando a la naturaleza, que sobre la Tierra, el amo lo es el hombre. Todas las batallas antiguas y modernas de hombres contra hombres, son nada frente a la perenne batalla del hombre del hombre contra la naturaleza.

En las primeras, ha sido menester embrutecer los sentimientos, exaltar la vanidad, educar el egosmo, caer en la barbarie y hundir al espritu en el cieno. En las segundas, ha imperado la inteligencia y el brillo del espritu. En las primeras el hombre se empequeece porque el espritu huye. En las segundas se agiganta porque el espritu est presente. Entre el humo de la plvora, pestilente a infierno, van las almas de los hombres que murieron odiando, maldiciendo y matando.

Entre el humo de los altos hornos donde se forja el hierro, va la conciencia del trabajo, va la msica ejecutada por las mquinas, que se mueven a ritmo de concierto, en su intento de producir lo que al hombre hace falta para ser feliz.

Es necesaria alma de artista, para sentir la msica que del torno en movimiento se desprende, para admirar la belleza de la mquina vestida con vapor de agua y la chimenea que al cielo manda el humo. Y disfrut de tal belleza. Y rend culto al trabajo, hasta que lleg el da marcado en mi destino, para que un barandal cediera a mi peso y mi cuerpo se precipitara en el vaco.

Suerte tuve al no caer en el torrente de fuego o sobre los lingotes rgidos e inertes. Se rompieron piezas vitales de mi cuerpo que entr en dolorosa parlisis perpetua. A partir de entonces, me acompaa la miseria.

Todava la sociedad no ha reglamentado que un hombre tiene derecho a la vida por el hecho de haber nacido hombre. Ni se entiende tampoco, que no es hroe quien muere dando la muerte, mientras que lo es quien muere trabajando. La parlisis, es ahora, despus de meses de sufrimiento inenarrable, slo parcial, pues tengo intiles las piernas, razn que me obliga a vivir en el viejo y sucio camastro, casi solitario, en el interior del oscuro cuarto de construccin antigua, en el que me acompaan las araas y los ratones.

Una puerta desvencijada est en la pared de mi cabecera, a mi derecha. Esa ventana es muy importante en mi presente y siempre, o casi siempre, est abierta, porque no tengo sirvientes que obedezcan mis rdenes. Por ella entra la poca luz, puesto que lo impide el gigantesco y moderno edificio de enfrente que, con su peso, va cuarteando mi habitacin.

En el exterior, a un lado, a la altura de mi ventana, est la azotea donde las vecinas tienden su ropa. Este es todo mi mundo actual, en el que minuto a minuto va declinando mi vida, tan prxima a su fin, que varias veces he credo llegado el momento de trascender esta existencia. No soy un pordiosero a media calle, y gozo del lecho y la habitacin, por el favor de personas casi tan pobres como yo, y que, adems, no reclaman recompensa.

Qu de importante podra decirse de un hombre que vive como vivo yo? Ser interesante mi diario cuando soy slo un moribundo? Si es o no importante lo mo, juzgue el lector. Ms difcil le ser entender lo que adelante digo, si no empieza por despojarse de prejuicios, tratando de ser sincero consigo mismo. Quien voluntariamente se encadena al prejuicio, a las sombras y al pasado, es simplemente un ser esclavo. Quien ama la libertad, busca que sta empiece en su conciencia, por eso brega en pos de la luz ignorando las cadenas.

Este libro as fue escrito; sin cadenas. La anciana vecina que sin ninguna obligacin ni recompensa atiende a mis necesidades, silenciosa, me trajo una taza de t caliente. Yo segu llorando.

Es la alta noche, y siguen mis lgrimas en mis ojos e intenso dolor en el alma. Lloro, porque he perdido un fiel compaero, quiz el nico que en esta vida me ha comprendido. La historia empez meses atrs, en una tarde como sta. Tambin entonces, las campanas de la capilla cercana llamaban al Rosario, cuando un gato, maravillosamente salt de la azotea vecina a mi ventana, y de ah, tmidamente, maullando interrogante, se acerc a mi cama. Le ofrec migajas de mi pan; pero desconfiado salt a la ventana y all estuvo por largas horas, a veces observndome.

Al fin se fue. Al da siguiente volvi con ms confianza y comi las migajas en mi mano, luego se fue. Volvi un da y otro, hasta que salt a mi cama, restreg su cabeza contra mi mano, camin hasta olfatear mi cara y buscando acomodo, con la cabeza sobre mi hombro, durmi por largas horas mientras yo acariciaba su largo pelo blanco. Por la noche se iba a ratos, para regresar en la madrugada. Me maullaba saludando, me besaba las manos, me olfateaba en el rostro, recorra toda la cama, y al fin buscaba acomodo poniendo la cabeza sobre mi hombro.

Nuestra mutua confianza fue grande. El buscaba mis manos. Yo buscaba su pelo blanco. Y le hablaba, y l me entenda, y le haca bromas y l se regocijaba. Al verme contento saltaba de mi cama al suelo, corra desbocado por toda la habitacin, saltaba a la ventana, y de ella al suelo, morda las deshilachaduchas de los cobertores de mi cama, y volva a subir para buscar mis manos.

No le puse nombre; era simplemente mi amigo, un amigo sincero que no iba por comida, puesto que muy poco poda darle. Cuando las dolencias en mi cuerpo me atormentaban, l comprenda; y entonces no jugaba, 2 simplemente se enroscaba en los pies de mi cama, dormitando, observndome. Es increble hasta qu grado el hombre puede querer a un animal, y hasta dnde un animal puede amar al hombre.

En un principio, la anciana que me atiende, se enfad y lo hizo huir; pero luego ella se acostumbr a verlo cerca de m, acabando por llevarle un poco de leche que l rara vez tom.

En la poca de lluvias sus visitas nunca fallaron. Llegaba mojado; pero llegaba, con su maullar alegre que me alegraba. Dejaba que le alisara el pelo, que se lo secara, y luego buscaba mi hombro para poner su cabeza que yo, por horas y horas, por das y meses acarici. Soy un ser sin fortuna, ser un cadver sin deudos; pero antes, al menos tena un compaero con quien monologar. Hace tres noches recib el aviso de la tragedia.

So que mi amigo mora y, que yo lo vea tapado con una toalla, slo con la cabeza descubierta. Llor intensamente en sueos, no queriendo creer en tanta desgracia.

Despert sobresaltado y as segu el resto de la madrugada, hasta que mi amigo lleg con su maullido alegre. Se disiparon de momento mis temores, aunque ya haba penetrado en mi ser la duda, que creci ayer porque no vino mi fiel compaero, y lleg a su lmite mximo hoy que tampoco vino. Por la tarde o en el pasillo, fuera de mi puerta, los pasos de la anciana. A lo lejos las campanas llamaban al rosario; aqu cerca, las ratas que hace tiempo haban huido. Se abri la puerta; y sin palabras, la anciana puso en mi cama a mi querido amigo el gato, envuelto en una toalla, y aunque no lo he querido creer, s que est muerto.

Tengo horas de estarle acariciando la cabeza, mientras que siento pnico en el alma al saber que vendrn por l maana. El, al menos, ha tenido un doliente.

Me pregunto si el alma de los animales obedece tambin a un destino, pues, cmo es que vino a aliviar mis horas amargas, y cmo es que me anticip a si fin repentino? He palpado todo su cuerpo; no tiene heridas, no hay huellas de sangre. Se ha quedado con los ojos entreabiertos como cuando me espiaba. Tiene la boca lo mismo que cuando ronroneaba; pero ya no se mueve, ya no trata de quitarme la pluma de la mano, ya no ve que las lneas no son hilos, ya no mancha ni desparpaja mis papeles, porque ahora, est muerto mi gato.

Ha huido de la vida como yo he querido hacer tantas veces! Por qu, Dios mo, un hombre vive indiferente frente a la muerte de sus semejantes, mientras que, como ahora me sucede, se le desgarra el alma por la muerte de un gato? He visto tus ojos azules y tu pelo de oro agitado por el viento salobre. He visto que aquella corta vida te fue un martirio, pues de la cuna pasaste a la silla de ruedas que 12 aos acarici tu cuerpo; luego, emprendiste el vuelo.

Quin fuiste antes y quin despus? Te am entonces como a una hija, me doli tu sufrir; pero dime si ests cerca de m; para qu viene ese recuerdo? Eres espritu o vives en la 3 materia? Quin eres de los que vivos se acercan o de los muertos que han venido hasta m? IV NIA Acompaando a la anciana, viene con frecuencia una nia que nunca habla y rara vez da ms de un paso dentro de mi puerta, desde donde slo hace mirarme y ms mirarme. He sorprendido en sus grandes ojos la sorpresa, el dolor, la compasin y, sobre todo, la interrogacin.

A veces he credo que intenta penetrar en mi pensamiento, en mi YO interno. No es una nia rica, sino una harapienta chiquilla de vecindad, casi siempre sucia y desgreada. No ha necesitado nunca hablar, para que yo sepa que se acerca a mi buhardilla. A veces oigo sus pasos menuditos en la escalera de madera, otras no los oigo, sin embargo, s que llega. Nunca se acerc bastante para dejar que la acariciara. Yo quera saber de su pasado, y finalmente, hoy, al or sus pasos afuera de mi puerta, he descubierto el misterio: la he visto anciana y andrajosa; yo, entonces, siendo su hijo, era pescador.

La humilde residencia nuestra estaba en una isla rida, cubierta de lava volcnica. Cerca de un crter se elevaba espesa columna de humo. Para m, el mundo se ampliaba a las islas cercanas. Para ella, aquel era todo su mundo y hubiera querido que yo fuera el rey.

S, sus aspiraciones fueron grandes; pero muri sin verlas realizadas, pues en esa tierra deshabitada e inhspita, empec a ser alguien, despus de muerta ella.

Misterio de la vida, he aqu que varios siglos ms tarde, de nuevo nos encontramos en la carne, y en la Tierra. Ella, aunque leyera esto, no lo comprendera, como no comprende su tristeza cuando ve que sufro mi dolencia. Ahora comprendo por qu siento su presencia sin verla, y el porqu de su mirada triste e interrogante. Es que me pregunta su alma, si algo recuerdo de aquello que ambos creamos muerto.

Qu de raro tiene que ella me busque y que yo me alegre de su presencia, si esa, ahora nia, ya una vez fue mi madre? Escucha, sin pensar mal de lo que voy a decir: Hace nueve siglos, s, poco ms o menos, los dos vimos el sol desde la tierra Inca.

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Entonces seremos dioses; novela.

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